Slam!

Cuando vamos por la ciudad y vemos patinadores siempre pensamos que si nosotras fuésemos sobre ruedas nos meteríamos la hostia del siglo. No sólo tememos a no saber guardar el equilibrio, también nos aterra el no saber frenar más que con el culo, el ir chocando contra inocentes viandantes, las cuestas traicioneras y las piedrecitas que seguro, seguro, se colarían entre las ruedas y plaf.

Alguna vez habrás visto a estos deportistas hacer piruetas, poniéndose retos con conos en mitad de la calle Si habéis visto el último anuncio de Cola Cao del crío haciendo skate, eso es lo primero que vemos nosotras cuando llegamos a Sevilla. No es una metáfora, es literal porque el anuncio está grabado en Sevilla. La gente se para a verlos, aplauden y sienten las caídas que rara vez se dan. Celebramos su éxito y se nos olvida la de moratones y huesos rotos que han tenido que soportar para llegar a donde están. Casi siempre asumimos que el precio en la perfección de un deporte viene, sobre todo, con algo físico. Nos meten miedo diciéndonos que nos vamos a caer y a hacernos daño, como si no valiese la pena el dolor por hacer algo que te apasiona.

Parece que eso es incluso más verdad en lo que se refiere a las chicas. ¿Cuántas veces habéis escuchado ‘eso no es una deporte para chicas? Bien porque vayas a profanar tu sagrado cuerpo femenino con un moratón, bien porque vayas a tener, no sé, músculos… Los chicos pueden hacer kárate, pero las chicas pueden acabar con cardenales y fracturas. La fragilidad va a ser siempre algo femenino y eso es algo que nos enseñan, porque ¿cuántas de nosotras, desde crías han ido enseñando sus cicatrices, dientes mellados? Para este tipo de cosas siempre es bueno recordar a Leonard Cohen: “Los niños muestran sus cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar. Una cicatriz es lo que sucede cuando la palabra se hace carne.”

¿Hemos resumido ya lo que significa Slam! de Pamela Ribon y Veronica Fish? Se podría decir que casi.

Es un cómic muy rápido de leer, que deja una sensación agradable en el cuerpo. Tiene unos buenos personajes y buenos momentos que nos hace pedir más. Quizás esto último es lo que nos ha dejado un sabor de boca un tanto raro. Slam se siente un poco a tirones, por impulsos que potencian muy bien el paso del tiempo en la historia y en la amistad entre Knockout y Can-Can, pero, por otra parte, impide un verdadero desarrollo de sus personalidades. Sólo se nos deja ver pequeños destellos de lo que podría ser. Aquí es donde está lo amargo. ¿Ha sido esta una opción para no pillarse los dedos, asegurando una publicación segura? Una historia corta, pocos números…, puede ser.

¿Qué os aseguramos que os encantará? Todas son mujeres que ponen al límite sus capacidades físicas y sus miedos ante las fuertes caídas que puede provocar ir en patines. Su lectura resulta enriquecedora para poder descubrir que da igual si te haces un cardenal, te rompes un hueso o qué porque vas a conocer a mucha gente que podrá cargar contigo y cuidar de ti, además que ya, con la práctica, podrás disfrutar de algo que te guste.

Aunque la temática de Slam también nos ha parecido bastante original para tratarse de un cómic estadounidense (el manga tiene un género específico: spokons), lo que más queremos destacar es la relación que tienen las chicas. Siempre pensamos que cuando nos vamos a apuntar a un deporte con nuestra mejor amiga vamos a tener los mismos horarios, estaremos en la misma categoría, pero no siempre es así. Pronto tu rutina y la de ella dejan de coincidir y van surgiendo asperezas. Todo parece un enorme drama de repente, pero muy en el fondo seguís siendo grandes amigas. Sirva de ejemplo aquí Avocadon’t que no coincidimos en el mismo metro cuadrado ni a tiros, ¡pero aquí estamos!

Como último apunte, aquí Victoria Lucas me ha dado un collejazo vía Telegram porque no he hablado de MUSLOS y de que todas son espachurrables. Pero vamos a ver, estamos hablando sobre un cómic hecho por mujeres, donde salen mujeres. Es casi matemático que abunden los distintos tipos de físicos…, pero sí, tiene razón. Y ay, qué peinados.