Bitch Planet o el amor propio radical

Creo que hablamos en nombre de todas cuando decimos que ojalá pudiéramos reencontrarnos con nosotras mismas de la edad de doce-trece años, justo en el momento donde nuestro cuerpo comienza a cambiar y mirarse en el espejo se convierte en algo completamente distinto: ya no tiene un uso para poder ensayar caras horribles y monstruosas o perfeccionar la cara de póquer para engatusar a tus padres. Cuando llegas a la adolescencia estar frente al espejo se convierte en un ejercicio de escrupulosa examinación y comparación donde giras sobre ti misma una y otra vez, hasta quedarte clavada ante el espejo.

Aceptarse una misma cuesta: la libertad de cogerse de las tetas, de la barriga, del culo, de los muslos, de los brazos, de la espalda con un gesto de risa y muchísimo cariño no es algo que todas hayamos podido conseguir así como así. Incluso aunque hayamos llegado a este punto de aceptación cada día algo nos pone a prueba, que desafía toda nuestra fortaleza mental.

A veces nos pasa que cuando escribimos, estamos estudiando o haciendo una maratón en Netflix empezamos a mirar con ternura a aquel donut, barra de chocolate milka con oreo, palomitas rebosantes de mantequilla o el bote de nocilla/nutella y siempre hay un eco en nuestro interior que nos dice que igual, igual, no deberíamos ceder ante GRASAS, AHÍ LO QUE HAY SON GRASAS SATURADAS QUE LUEGO PARA QUEMARLAS QUÉ. ES QUE ENCIMA ESTA NOCHE VOY A COMER UNA PIZZA Y YA VA A SER MUCHA TELA.

¿Por qué a veces nos negamos esto? Aunque luego terminemos haciendo lo que nos dé la gana, ¿por qué pensamos siempre en las consecuencias para nuestra apariencia física? Podríamos, no sé, pensar ‘oye, qué tipografía – y qué bien resaltada – tiene este donut la palabra donut’. Ya ni hablemos cuando sales a comer con amigos y ves toneladas de queso con patatas.

Por mucho que digamos que hemos ganado esa batalla contra nosotras mismas, siempre hay un momento donde se nos puede pillar con la guardia baja. Si en un espejo se mostrase cuál es vuestra imagen mental de vosotras mismas, vuestro ideal de apariencia física, ¿se correspondería a vuestro reflejo ideal? A nosotras nos costaría responder a esa pregunta. Queremos creer que sí, pero dicho muy de puntillas: vivimos en una sociedad en la cual se valoran una serie de cánones que vemos repetidos allá donde paremos la mirada. Se puede flaquear, se puede dudar, pero siempre recordando el ‘y qué’. Las mujeres bellas en la antigua grecia eran las que tenían poco pecho, las mujeres bellas en egipto eran las que fuesen bajitas, las mujeres bellas en el renacimiento tenían caderas anchas y eran más bien rellenitas… son cánones que vienen y van como se irá el actual, pero lo que siempre permanecerá vas a ser tú. Tú como milagro de la biología, de la vida. Tú bajo el sol y mecida por el viento. Tú, con tu manera de vestir y de sentirte más allá de la yema de los dedos, ¿para qué perder todo aquello que te hace única en pos de un canon que nada te debe? No hace falta ser perfectas para valer la pena. Lo hacéis cuando alcanzáis vuestro propio ideal, no el impuesto. Tu existencia es válida en cualquiera de las maneras y si alguien (SeñorTM, para qué engañarnos) se atreve a ponerlo en duda os hemos preparado algo especial: ¡una playlist que sin duda te pondrá de buen humor! Ejemplos como Deep Heat con un maravilloso estribillo ‘Nobody cares that your dick is on fire’, entre otras mujerazas.

Sabemos que Bitch Planet puede ser difícil de leer por los temas que está demandando entre sus páginas. Kelly devuelve al cómic su origen más primogénito: hacer crítica social sobre una situación que se nos viene encima, haciendo que el lector reflexione y sobre todo, haceros saber que no estáis solas.

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