Batidos y Comicgaitas

Todos sabemos que la parte más divertida de las convenciones de cómics son los paneles, y más todavía cuando son debates entre los invitados. Supongo que es porque siempre esperamos que haya sangre, aunque seamos conscientes de que va a ser una educada discusión en la que todo el mundo tendrá opiniones normales y aceptadas por la gran mayoría de la población. Pero, de repente, pasa. Un día estás tranquilamente sentada en un panel, ampliando tus conocimientos sobre el tema en cuestión, escuchando atentamente las opiniones de estos profesionales del sector y pensando en que vaya silla más incómoda han puesto, cuando llega a tu cerebro esa frase, que al principio no parece que haya salido de la boca de un invitado a ese panel, pero sí:

“Es que es una caza de brujas, hay que aprender a separar al artista de su obra, no se pueden ir haciendo listas en Twitter a lo loco.”

Y te das la vuelta, miras a tu amigo que está sentado con la misma cara de incredulidad que tú. Por primera vez cruza por tu mente la idea de que el mundo de los cómics no es el nido de progres que tú, utópicamente, creías. ¿Pero no decís las feminazis que el mundo del cómic es muy machista? Sí, eso digo, nido de progres. Mientras, el moderador, que también es consciente de que ha dicho una burrada, se apresura a quitarle el micrófono y preguntarle a otro de los invitados.

Pero vamos por partes, ¿a qué se estaba refiriendo este señor para que nos sentase así de mal el comentario?

Comicsgate

Bueno, no, espera, antes de hablar de esto tenemos que ir un poco más atrás.

Gamergate

Gamergate empieza cuando un ex de Zoe Quinn, la desarrolladora del videojuego “Depression Quest”, (y ahora guionista de cómics, cyborg y en general una persona que mola un montón), decidió que estaba en su derecho de publicar un manifiesto de casi 10.000 palabras en internet, en el que relata cómo, supuestamente Quinn se había acostado con un periodista especializado en videojuegos para que hiciera una reseña positiva de su juego (Spoiler, no era verdad), además de ir acompañado de fotos íntimas de Zoe y demás patrañas abusivas de este señor. Aquí comienza una campaña de acoso y derribo no sólo contra Zoe Quinn, sino contra cualquiera que se atreviese a defenderla públicamente (como fue el caso de Phil Fish, creador del videojuego Fez), o en general cualquier mujer con opiniones, como fue el caso de Anita Sarkeesian o Brianna Wu.

Las tres han hablado públicamente de la realidad de Gamergate, Quinn en concreto escribió “Crash Override: How Gamergate (Nearly) Destroyed My Life, and How We Can Win the Fight Against Online Hate”, en el que habla del acoso continuo, las amenazas de muerte y violaciones, la publicación de sus datos personales así como los de su familia y amigos. Incluso llegaron a mandar varias veces equipos del SWAT a su casa.

Sin embargo, los defensores del Gamergate, que los hay, obviamente, siempre han defendido que estas acciones, que son el principal foco del “movimiento”, no son imputables al Gamergate, que en todos los movimientos sociales, y más en internet, siempre habrá buscalios. Sí, aquí llega la frase que todos estábamos esperando, Gamergate, dicen, no es una campaña misógina, es una campaña por “la ética en el periodismo de los videojuegos”. Claro que sí, campeón.

Ahora sí, Comicgate

Vamos a hacer lo posible para resumir un movimiento complejo y que involucra un montón de actores, os recomendamos este artículo de Alex Serrano, que lo explica mucho mejor que nosotras, que somos menos profesionales, pero nosotras vamos a hacer sangre.

Todo empezó con la famosa portada de Milo Manara para Spider-Woman #1, sí, esa. Las críticas empezaron a llover en cuanto se hizo pública, por la sexualización del personaje y la coherencia anatómica del dibujo, es decir, por lo que viene a ser el estilo de Milo Manara en general. Fue este mismo agosto de 2014 en el que Gamergate llegó a nuestras vidas. La transición desde el mundo de los videojuegos al mundo del cómic apenas tardó un mes, en respuesta a las críticas de esta portada.

El 24 de septiembre de ese año, el día después de que empezase a haber rumores de que Marvel había decidido no poner a la venta la variant de Milo Manara, Twitter empezó a llenarse de protestas de señores clamando a los cielos que las SJW estaban censurando a Marvel. Que en realidad la portada no hubiese sido cancelada, sino simplemente retrasada era un tema secundario, por lo visto.

Unos meses después se montó en el carro Milo Yiannopoulos (ese personaje que sirve exclusivamente para que todos los fachas puedan decir que tienen un amigo gay) escribiendo un texto para Breitbart (una plataforma ultraderechista estadounidense, para los que no estéis al tanto). Yiannopoulos ya había apoyado abiertamente Gamergate, y esta vez no iba a ser menos, aprovechando que Jane Foster recogía el manto de Thor en “The Mighty Thor”.

Empezando fuerte desde el principio, Yiannopoulos titula su artículo: “Female Thor is What Happens when Progressive Hand-Wringing and Misandry Ruin a Cherished Art Form”. Por si pensabas que Yiannopoulos tenía idea de lo que hablaba o que había visto un cómic de cerca en su vida, en el artículo critica a Miles Morales, Sam Wilson y Jane Foster, personajes que, según él, tienen como objetivo eliminar el canon establecido en Marvel. El canon inamovible de señores blancos vs. las políticas identitarias. Porque claro, la continuidad de los cómics es conocida por su estabilidad y coherencia en los personajes y es impensable que distintos personajes actúen bajo el mismo nombre, o que se sucedan unos a otros, ni que fuese eso una convención de género establecida hace décadas.

Pero no será hasta la retirada de la portada de Batgirl #41 cuando el murmullo que había comenzado con Milo Manara y se había mantenido con Jane Foster, se convirtiese en un movimiento en sí mismo. La portada no fue el único foco que alimentó el Comiscgate, días después de que la portada fuese retirada, en Loki: Agent of Asgard #12 encontrábamos una pullita de Al Ewing a Gamergate, que no les sentó nada bien.

Desde ese momento, los berrinches de los comicgaitas se fueron sucediendo. En 2016 se enfadaron porque la Pájaro Burlón de Chelsea Cain llevaba una camiseta feminista, así que acosaron a la autora y publicaron ilustraciones de Mockingbird muerta con el uniforme destrozado. En abril de 2017 The Federalist (una publicación ultraconservadora) hizo una lista de 30 guionistas que habían publicado cómics con Marvel ese mes porque habían criticado a Trump. Además de señalar que religión profesaba cada una y que ninguna había hablado en Twitter de ser cristiana. Porque no hay nada sospechoso en señalar qué guionistas son judías y musulmanas, claro.

En Julio de 2017 Heather Antos, editora de Marvel, publicó una selfie en Twitter con algunas de sus compañeras de trabajo mientras iban a tomarse unos batidos como homenaje a Flo Steinberg, veterana de Marvel y creadora de Big Apple Comix, que acababa de morir. Y, tal como ocurría en el Gamergate, Antos se convirtió en el centro de una campaña de acoso que incluyó amenazas de violarla, doxxing…Este fue el evento que haría que Comicsgate explotase: mujeres bebiendo batidos.

Por supuesto, las excusas son las mismas, Comicsgate no es un movimiento con líderes u organización, es una “alianza de fans de los cómics, críticos y creadores que han encontrado una causa común para levantarse contra lo que ellos entienden como una invasión de las SJW en su hobby” dice Mike S. Miller. O un “revuelta de los consumidores contra el liberalismo en la industria y parte de de una guerra cultural” en palabras de Ethan Van Sciver, ex ilustrador de DC que, si bien no es un líder, desde luego es un firme defensor del Comicsgate y lo ha convertido en un tema central de su canal de YouTube. Cabe comentar, además de que Van Sciver se ha identificado como Republicano (de los americanos, no es que esté en contra de la monarquía), su sketchbook, titulado “Mi Lucha” y firmado con esvástica incluida, salió a relucir en Twitter. Aunque el insiste en que es una broma. Y nosotras que creíamos que las bromas tenían que hacer gracia.      

Otra personalidad importante del movimiento ha sido Richard C. Meyer, que trabaja bajo el irónico pseudónimo de “Diversity & Comics”.  Meyer dedica sus cuentas de Twitter y Youtube para identificar a profesionales cuyo trabajo o vida personal entiende que son negativos para la industria, llegando hasta a colgarse la medalla de que hubiesen despedido a Aubrey Sitterson de G.I. Joe: Scarlett’s Strike Force de IDW, después de que Sitterson criticase el tratamiento de los atentados de Septiembre de 2001.

En su canal de Youtube, con 97.000 suscriptores (se ve que Bamf se equivocó de bando, esperamos que las paguitas que le damos las feministas le compensen el no ser un famoso comicgaita), encontramos un contenido entusiasmante en que Meyer se pasa entre 15 y 40 minutos hojeando cómics y haciendo bromas de mierda y comentarios tan originales como que hay personajes que parecen lesbianas, que algunas profesionales han llegado hasta sus puestos poniéndose de rodillas, o insultado a una guionista transgénero. Rompedor.

Como es de suponer, Meyer también criticó el diseño de personajes de la adaptación a Netflix de She-Ra, que dirigió Noelle Stevenson, a la que acusó de ser egoista y egocentrica porque por lo visto había diseñado el personaje basándose en si misma, una lesbiana machorra, como la había llamado Meyer.

Los participantes de Comicsgate han respondido a los profesionales que han criticado el movimiento haciendo listas con creadores a los que boicotear por pertenecer a la “mafia indie” o ser “coloristas tóxicos”. Entre los nombres que integran estas listas encontramos a Kelly Sue Deconnick y Matt Fraction, Mark Waid, Alex de Campi o Moose Baumann, quien recibió amenazas cuando dejó Cyberfrog, un cómic de Van Sciver. Más que una lista de boicot, aquí nos lo tomamos como una serie de recomendaciones, para ser realistas.

Por supuesto, esta lista negra tiene simplemente valor educativo, según ellos. También recomiendan no acosar a ninguna de los personas recogidas en ella, que ellos sólo ponen la lista para señalar a los culpables del actual estado del mundo de los cómics. Y aquí volvemos a la situación del principio, las listas y las cazas de brujas.

En general, el sentimiento podemos llegar a compartirlo todos, señalar con nombre y apellidos a personas por no estar de acuerdo con nuestras ideas, y publicarlo en internet para que todos puedan verlo, puede llegar a ser muy problemático. En un internet en el que el mínimo comentario fuera de lugar puede llegar a hacerse viral, tenemos que ser conscientes del poder que tenemos cuando participamos en estas “cazas de brujas”.

Pero, tampoco nos vamos a engañar, desde luego puede llegar a ser muy efectivo para según qué causas. Muchas veces, estas campañas en redes sociales vienen de una razón totalmente válida, que es la ironía. ¿Es lo mismo una lista de autores que han criticado un movimiento que ha acosado y amenazado a cualquiera que defendiese que el mundo de los cómics no era un estado soberano de los señores pollavieja que una lista de autores que, aún sabiendo lo que ha llegado ha hacer, lo apoyan igualmente?

Hace unos años, el New York Times escribió un artículo sobre Martin Shkreli, una comadreja humana que había comprado una empresa farmacéutica y había subido el precio de un medicamento de 13$ a 750$. Bueno, eso ha estado fuera de lugar, nuestras más sinceras disculpas a las comadrejas, que no se merecen la comparación. Si el NYT no hubiese escrito sobre el tema, probablemente nadie hubiese hecho nada y los afectados habrían tenido serios problemas para adquirir un medicamento necesario, pero la reacción en redes sociales acabó obligándole a bajar el precio del medicamento.

Osea, tenemos campañas en redes sociales por causas justas y luego tenemos el bullying en nombre de la Justicia, que no son lo mismo, como dice John Ronson en su libro “So You’ve Been Publicly Shamed”. Nuestro trabajo es buscar la diferencia entre la justicia social y esa alternativa catártica y problemática en la que llegan a convertirse las primeras.

Y, en este caso, somos nosotros los que tenemos el poder, somos nosotros los que tenemos que decidir cuando es merecido y cuando no. Tenemos que ser conscientes, como dicen tanta veces los participantes en Gamergate y en Comicsgate, que no hay forma de controlar quién se une y cómo se comporta, que no sabemos hasta dónde puede llegar un movimiento que en principio está totalmente justificado y acaba yéndose de madre y haciendo daño a personas inocentes.

¿Es este el caso con Gamergate y Comicsgate? No, para nada. No puedes usar esta excusa cuando tu movimiento se funda casi en su totalidad en este tipo de ataques, cuando la forma de defender los intereses que pretendes pasar como válidos es atacar a cualquiera que nos los acepte cual dogma religioso. Gamergate nace exclusivamente como una extensión del poder de un maltratador sobre su víctima, y Comicsgate no es sino un ejemplo de esto mismo a gran escala, es un berrinche de señores que hasta ahora han tenido la sartén por el mango y les molesta no ser ahora la demográfica a la que se están dirigiendo los cómics. Es una excusa más para ejercer poder sobre grupos discriminados, otra forma de decirnos que no somos bienvenidos, que no importamos, que nos estamos saliendo de la caja en la que deberíamos quedarnos. “¿Cómo que las personas racializadas y LGBT, o las mujeres quieren papeles protagonistas en los cómics? ¿No les valen los papeles secundarios? Espera, puedo nombrar al menos 3 minorías que tienen su propio cómic, así que no hay problema, os quejais por gusto.” ¿Quién iba a decir que después de tantos años respondiendo “pues por qué no hacéis vuestros propios cómics” cada vez que había una queja iba a acabar calando?

Resulta que al final esto sí que es sobre la ética en el mundo de los cómics, sobre qué creadores apoyamos y qué tipo de industria queremos. Por más que queramos separar al artista de su obra, esto no siempre es posible y quizás ni debería serlo. Todos sabemos de qué pie cojean algunos guionistas con sólo leer algunas de sus obras. Vamos a no darle dinero a señores que piensan que el mundo de los cómics, y el frikismo en general, pertenece a señores roñosos y que todos los demás somos invasores. Tanto Meyer como Van Sciver han tenido proyectos y publicaciones directamente relacionadas con Comicsgate, y siguen ganando dinero directamente gracias a sus canales de YouTube. Hacer consciente a los consumidores de a qué tipo de persona están apoyando cuando se trata de echar a las minorías (minorías que han invertido tanto tiempo y dinero como cualquiera, que han crecido y se han enamorado de los cómics como todo el mundo) no es una caza de brujas, es de sentido común.

A diferencia de su antecesor, las demandas del Comicsgate no están del todo claras. Que sí, que Gamergate empezó porque un energúmeno se enfadó porque le habían dado calabazas, pero por lo menos pretendía aspirar a algo más. Comicsgate simplemente parece querer menos diversidad, tanto en los personajes como en los creadores, en un esfuerzo por mantener los cómics para señores cisheteros blancos que quieren ver tetas y sangre.

Las ventas de cómics han bajado, eso no lo podemos negar, pero lo estamos comparando a los primeros noventas, en pleno boom de la especulación y los coleccionistas. Han bajado las ventas de cómics pero también han bajado las ventas de libros y de discos. Las cosas están cambiando, es así. Pero los cómics nunca han sido tan mainstream, en el buen sentido. No hay más que ver los puntazos que han sido Wonder Woman y la Capitana Marvel, y no os podemos decir lo que sigue significando para nosotras sentarnos en un cine a ver una película con una superheroína. Las campañas de boicott del Comicsgate van bien, parece. También tenemos a Aquaman, que pasa de ser un personaje de cómic bastante mediocre a un espectacular Jason Namakaeha Momoa (sí, ese es su nombre en serio). Las demandas del Comicsgate no son solo ofensivas, tampoco tienen sentido.

Todo esto lo hemos visto antes, ha pasado con los videojuegos y la ciencia ficción, Comicsgate no es nada nuevo, es poco más que los últimos alientos de una hegemonía en la cultura friki a la que ya le queda bastante poco.